Entrenamiento Personal u Organizacional con Técnicas de PNL

Represión y Expresión…¿Cuál prefieres?

expresion-oral-ejercicio-06 ¿Has visto alguna vez a un niño pequeño caerse y luego mirar a su alrededor para ver si hay razón para sentirse apenado? Cuando los niños creen que nadie les mira, en un instante se sueltan, se sacuden el polvo y actúan como si nada hubiera ocurrido.

El mismo niño, en una situación similar, al ver la oportunidad de atraer la atención, puede romper a llorar y correr a los brazos de su padre. ¿O has visto alguna vez a un niño enfurecerse con un compañero o con sus padres, e incluso decir algo como «te odio y no te hablaré nunca más», y luego, al cabo de pocos minutos, el niño siente y se comporta como si no hubiese pasado nada?

La mayoría de nosotros perdimos esta capacidad natural de liberar nuestras emociones porque, aunque de niños lo hacíamos de forma automática y sin control consciente, nuestros padres, maestros, amigos y la sociedad en su conjunto nos enseñaron a reprimirnos a medida que íbamos creciendo. Cada vez que se nos decía «no», que nos comportáramos, que nos sentáramos en silencio, que dejáramos de avergonzarnos, que «los chicos no lloran» o que «las chicas no se enfadan», y que maduráramos y fuéramos responsables, aprendíamos a reprimir nuestras emociones.
Además, se nos consideraba adultos cuando llegábamos al punto de saber reprimir nuestra euforia natural para la vida y todos los sentimientos que los demás nos hicieron creer que eran inaceptables. Nos hicimos más responsables ante las expectativas de los demás, y no ante las necesidades de nuestro propio bienestar emocional.
Hay un chiste que ilustra este punto: en los dos primeros años de vida del niño, todos los que le rodean intentan que ande y hable, y en los dieciocho años siguientes, todos intentan que se siente y se calle.

Por cierto, nada hay de malo en disciplinar al niño. Éste debe saber dónde están los límites para poder funcionar en la vida, y a veces hay que protegerle de los peligros manifiestos. Ocurre simplemente que los adultos, sin quererlo, pueden pasarse.
represionLo que aquí entendemos por «represión» es mantener tapadas nuestras emociones, empujándolas hacia abajo, negándolas, reprimiéndolas, y simulando que no existen. Cualquier emoción que llegue a la conciencia y no se suelta, inmediatamente se almacena en una parte de la mente llamada el subconsciente. En gran medida reprimimos nuestras emociones escapando de ellas. Apartamos de ellas la atención lo suficiente para poder conseguir que retrocedan. Seguramente habrás oído lo de que «el tiempo todo lo cura». Es algo discutible. Para la mayoría de nosotros, lo que realmente significa es:
«Dame tiempo suficiente y podré reprimir cualquier cosa».
Te aseguro que hay veces en que la represión puede ser una opción mejor que la expresión —por ejemplo, cuando estás trabajando y tu jefe o compañero de trabajo dicen algo con lo que no estás de acuerdo, pero no es el momento adecuado para hablar del asunto.

Lo perjudicial e improductivo es la represión habitual. Escapamos de nuestras emociones al ver la televisión, cuando vamos al cine, conducimos, cuando consumimos fármacos recetados o no, cuando hacemos deporte y cuando nos entregamos a toda una serie de actividades pensadas para que nos a alejar la atención de nuestro dolor emocional durante el tiempo suficiente poder situarlo de nuevo en segundo plano. Estoy seguro de que estarás de en que la mayor parte de las actividades de esta lista no son inadecuadas en mismas. Ocurre simplemente que tendemos a buscar esas actividades o a tomar esas sustancias en exceso, hasta perder el control. Las utilizamos para compensar nuestra incapacidad de abordar nuestros conflictos emocionales internos. La huida excesiva está tan impuesta en nuestra cultura que ha dado origen a muchas industrias florecientes.
En el momento en que se nos etiqueta como adultos, sabemos reprimirnos tan bien que el hecho de reprimirnos se convierte en una segunda naturaleza la mayor parte del tiempo. Llegamos a saber hacerlo tan bien o mejor que antes, cuando en un principio sabíamos soltarnos. De hecho, hemos reprimido tanta de nuestra energía emocional que todos somos como pequeñas bombas de relojería. Muchas veces, ni siquiera sabemos que hemos reprimido nuestras auténticas reacciones emocionales hasta que ya es demasiado tarde: nuestro cuerpo da señales de dolencias relacionadas con el estrés, nos encogemos, se nos hace un nudo en el estómago, o explotamos y decimos o hacemos algo que luego lamentamos. La represión es uno de los lados de la oscilación de ese péndulo que es lo que normalmente hacemos con nuestras emociones. El otro lado es la expresión. Si estamos enfadados, gritamos; si estamos tristes, lloramos. Ponemos nuestra emoción en acción. Hemos soltado un poco de vapor de esa olla a presión emocional interior, pero no hemos apagado el fuego. Muchas veces, uno se siente mejor así que con la represión, sobre todo si hemos bloqueado nuestra capacidad de expresión. Solemos sentirnos mejor después; sin embargo, también la expresión tiene sus inconvenientes.
La buena terapia normalmente se basa en ayudar a establecer contacto con nuestras emociones y expresarlas. Y no hay duda de que unas relaciones sanas y duraderas no podrían sobrevivir si no expresáramos con claridad lo que sentimos. Pero ¿qué ocurre cuando nos expresamos de forma inadecuada en situaciones ajenas a la terapia? ¿Qué pasa con los sentimientos de la persona a quien acabamos de expresarnos? La expresión inapropiada a menudo puede llevar a un mayor desacuerdo y conflicto, y a una mutua intensificación de las emociones, cuyo control podemos perder.
Ni la represión ni la expresión representan ningún problema en sí mismas. Simplemente son dos extremos diferentes del mismo espectro que delimita nuestra forma habitual de abordar las emociones. El problema surge cuando vemos que no controlamos si reprimimos o expresamos, y muchas veces nos encontramos haciendo lo contrario de lo que pretendíamos. Es muy frecuente que nos quedemos atascados en un extremo del espectro o en el otro. Es en esos momentos cuando necesitamos encontrar la libertad para soltarnos o soltar.

FUENTE: El Metodo Sedona

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